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   Amante del buen vivir, Carlos V siempre destacó por su paladar exquisito y su deleite ante la buena mesa. Desde muy temprana edad el Monarca demostró su debilidad ante un buen plato de caza mayor, una buena perdiz o una codorniz, acompañada siempre por una buena cerveza. Numerosas son las referencias históricas sobre los manjares que enviaban los súbditos al emperador cuando éste se encontraba acampando durante sus innumerables viajes. También queda constancia de su voraz apetito, por su manifiesta enfermedad: la gota; y por las recomendaciones de su médico personal, Luis Lobera de Ávila autor del libro "El banquete de nobles caballeros", donde el ilustre médico analiza los diferentes platos que gustaban de comer los nobles y las propiedades de éstos. José Carlos Capel, en un instructivo artículo, insinúa que la pasión perdiguera de los Austrias les llevó a establecer la capital en Madrid, para poder cazar y atracarse a gusto. Y, a este respecto, advirtió Luis Lobera, que "la perdiz es de maravillosa sustancia, aunque restringe algo el vientre".

    Asimismo, el Monarca durante su retiro en Yuste, deseaba no sólo alimentar su espíritu, sino también su cuerpo. Para ello, el grueso de la servidumbre que lo acompaña lo conforman: dos cocineros, tres panaderos, uno al frente de la cava (esto es, del agua y del vino), un cervecero, un tonelero, un pastelero, un salsero, un frutero, un gallinero, un cazador y un hortelano, en su mayoría con sus ayudantes respectivos. En total, veinte personas, casi todas ellas flamencas, salvo los panaderos, uno alemán y el otro español. Lo reseñado sirve para dejar esclarecido que la mesa del Carlos V estaba bien servida, de una forma directa, sin más conexión con el monasterio jerónimo que algún esporádico intercambio. La cocina imperial en Yuste tenía su propia estructura. También sus propios aprovisionamientos, ya de la comarca misma (de ahí ese hortelano y ese cazador que aparecen en la nómina), ya gracias a los envío, con frecuencia suculentos, llegados de diversas partes. Estaban los mandados por la princesa Doña Juana a su padre desde Valladolid, los hechos por el arzobispado de Toledo, los ofrecidos por magnates de la zona, como el conde Oropesa y como don Luis de Ávila y Zúñiga, y, sobre todo, los notables presentes que hacía de modo regular, cada semana, la comunidad jerónima de Guadalupe, que se sentía tan vinculada al Emperador.

(ref: Carlos V, El César y El Hombre, 1999 Manuel Fernández Álvarez).